sábado 7 de noviembre de 2009

Rastros de sangre en Nambija (Segunda Parte)



Historias de Suspenso

Por: Nefeš_metah


Una copiosa lluvia empezó a caer en aquel pequeño caserío. El agua enlodada definía unos pequeños cauces por entre las casas ennegrecidas. Aquel cielo presentaba unos nubarrones anaranjados y los relámpagos se presentaron sin previo aviso.

Aquel espectáculo era impresionante. Hace pocos minutos que las “luces” desaparecieron por las alturas y, segundos después, aquella tormenta se hacía presente en la zona. ¿Una simple coincidencia?

Julia, su hijo Juan y toda la multitud que se había congregado en las afueras casi del caserío, veían aquella densa capa de nubes y esa estampa tan lóbrega en mitad, casi, de la noche. Una lluvia así no era común. Nunca antes habían presenciado una tormenta de esas y con relámpagos un tanto extraños: de una luminosidad azul eléctrica. Algo –según Julia y todo el poblado- único y sobrecogedor.

11:36 pm. Ya en casa, Julia y su hijo se encontraban cambiándose de ropa; estaban empapados y podían pescar un resfriado. Las constantes dudas y preguntas de su madre atropellaban la mente de Juan, quien decía que no recordaba nada de lo ocurrido.

Las muertes de los dos pobladores habían sido silenciadas por el pueblo hasta una nueva investigación. Los niños no tenían la culpa, se dijeron todos; eran las “luces” o lo que llegaron a denominar: “demonios” los causantes de aquellos lances macabros. Debían eliminar esas “presencias” de su poblado, si decidían regresar, claro está.

1:00 am. El viento golpeaba contra las ventanas de la casa furiosamente. Julia, con un poco de miedo, abrazaba fuertemente a su hijo, el mismo que no dejaba de temblar, pero no de frío.

1:30 am. Un fuerte destello iluminó toda la zona. Un fogonazo color azul brillante abrazó todo el poblado. Julia, recomendando a Juan que no se moviera de la habitación, decidió acercarse hacia la ventana a ver que era “aquello”. Una densa lluvia cubría todo el caserío. Aquellos causes de agua enlodada se habían convertido en verdaderos ríos. La situación había empeorado en la zona, pero había algo más. Al otear sigilosamente los nubarrones anaranjados, Julia llegó a descubrir algo que la desarmó definitivamente. Entre las nubes logró ver una luz, era una esfera pequeña, pero, dada la distancia a la que estaba, podía medir algo así como 30 metros de diámetro, por lo menos.

En efecto eran una “luz”, parecida a las que habían dejado el poblado horas antes. El temor hizo presa de la mujer que, sin control alguno, se dirigió a la habitación de su hijo, lo abrazó, y unos pequeños sollozos, emitidos por Julia, empezaron a acompañar a aquella sombría noche.

4:00 am. La lluvia seguía sin amainar. A decir verdad había subido en intensidad, motivo por el cual, algunas casas del sector se vinieron al suelo, siendo arrastradas por la corriente enlodada y maloliente.

Al día siguiente las cosas seguían igual. La lluvia seguía cayendo torrencialmente. Juan estaba más tranquilo, pero presa aún de aquel temor que, desde hace horas se había instalado en su corazón. Julia, preparaba el desayuno; algo simple: huevos fritos y pan, acompañados de un vaso con jugo de naranja. El día se avecinaba muy tormentoso así que se debían tomar precauciones obvias.

Las vecinas del sector, provistas de paraguas y plásticos que les cubrían, se personaron en la vivienda de Julia. Debían conversar sobre las muertes de aquellos dos sujetos y las acciones que debían emprender en ambos casos.

Mientras tanto, en las minas, un temor invadió a todo el equipo de trabajadores. La idea de que el “diablo” se había instalado en el pueblo les impresionaba y asustaba. El miedo se apoderó de todo el equipo de laboriosos mineros hasta, en ocasiones, impedir que cumplan sus obligaciones acordemente y, por si no fuera poco, extraños fenómenos eran avistados en sectores colindantes a las minas:

Se hablaba de pasos y llantos, hasta se pudo ver la silueta o sombra de un ser enorme entrando por las oquedades de las minas. Los mineros, desorientados, solo atinaban a rezar cada vez que debían ir al trabajo.

La noche siguiente, bordeando las 23 horas, el equipo de trabajadores que cumplía aquel horario, se vio sorprendido por algo macabro, un nuevo suceso que llegó a desestabilizar sus ya carcomidos nervios:

En la entrada de la mina y clavado de pies y manos contra un soporte de madera, yacía el cuerpo de Feliciano, un laborioso trabajador. El cuerpo estaba despedazado: no contenía vísceras y la sangre era inexistente; a pesar de que estaba desmembrado completamente, no se llegó a constatar una sola gota de sangre en el lugar donde estaba; era como si le hubiesen drenado absolutamente todo.

La estampa tenía todas las características para que sea atribuida a influencias malignas. En el pequeño poblado nadie, en su sano juicio, haría o cometería un crimen de esa naturaleza.

Luego de desmontar el cuerpo de aquella estructura, decidieron llevarlo al centro del poblado y comunicar a sus familiares, quienes no tardaron en llegar a contemplar tan vil escena. Julia, junto con su hijo, se personó al lugar. La dama, cuyo talante se había visto mermado considerablemente, se impresionó vivamente por aquel cadáver tan salvajemente destrozado y las preguntas llegaron sin invitación previa: ¿Quién ha sido capaz de cometer algo así?

La noche no presagiaba nada bueno. Había que estar atentos. Alguien estaba matando a cada miembro de la comunidad. Alguien del más allá, en opinión de todos.

Al día siguiente y luego de sobreponerse ante tal magnitud de eventos, Julia y su hijo se veían más unidos que nunca. La comunicación era una constante entre los dos en aquellos días, cosa muy inusual en fechas anteriores a los sucesos.

Ya se contabilizaban tres muertes, la tercera era la más espeluznante y, para el pueblo, aquellas muertes y asesinatos no iban a parar, aún.

Dos días después de aquello, los pobladores se enfrentaron a “algo” para lo que la vida no les había preparado. Algo que sembró el terror en aquel caserío.

15:00. Patricio G., un minero laborioso, logró ver a un “gigante de negro” ingresar en la mina del sector sur. Precavido, decidió alertar a sus amigos, los mismos que no dudaron en realizar una inspección en el lugar. Presurosos, se iban acercando hacia la negra oquedad. Provistos de linternas, palos y pistolas, por si acaso, empezaron a lanzar improperios amenazadores a quien se encontraba dentro de la gruta. Solo el silencio les fue presentado como respuesta.

De pronto, desde el fondo de la gruta, una enorme silueta empezó a aproximarse al grupo. Los mineros, presa del miedo, se quedaron paralizados; palos, armas y artículos de defensa personal, habían quedado inmóviles entre sus manos. Mientras tanto, aquella “cosa” se aproximaba más y más.

A pocos metros de ellos, lograron percibir un fuerte olor a azufre, el mismo que quedó impregnado en las paredes rocosas de la oquedad. Aquella silueta o “sombra” era enorme, ocupaba toda la abertura de la gruta, la misma que debía bordear los 3 metros de diámetro. Cuando aquella sombra estaba a pocos metros de los asustados hombres, de pronto, se desplazó velozmente hacia la salida; había cruzado entre ellos reduciendo su tamaño y grosor y terminó volando por los aires. Posterior a eso, fueron despertados de su estado de pánico por unos alaridos de dolor que provenían del fondo de la mina. Unos gritos llenos de dolor.

El grupo de hombres se encaminó lo más rápido posible hacia el lugar en donde los gritos eran más fuertes, logrando ver una nueva escena de sangre: Tito, otro compañero suyo de labores, se hallaba en el suelo cubriéndose el rostro con las manos. Al revisarle notaron que no tenía sus ojos; habían sido removidos violentamente. Además, lograron observar, con ayuda de las linternas, que, en la cuenca de los ojos, había una extraña huella, como si la cavidad estuviera chamuscada. Al acercarse más, percibieron un olor a quemado y observaron unos filos hilos de humo salir de los orificios oculares que antes contenían sus ojos.

El suceso fue dado a conocer a la comunidad y los posteriores temores no se hicieron esperar. Las dudas, el miedo, etc., empezaron a calar hondo en la mente de aquellos sobrecogidos pobladores.

Estos “demonios” estaban masacrando a los moradores de Nambija. Fueron estos “seres demoniacos” los que poseyeron a los niños en su momento, para que éstos cometan aquellos crímenes. Ese fue el veredicto final de pueblo.

Los días pasaron y el temor permanecía latente. Cada trabajador precautelaba su seguridad como podía. Los niños ya no salían a la calle; nadie caminaba solitario por las noches, etc. Las medidas de seguridad se incrementaron hasta que aquello termine…

Los días y las noches pasaban. No había rastro de las luces, tampoco del extraño personaje gigante de la mina. Los crímenes pararon de un día para otro, pero no había que confiarse, debían estar alertas las 24 horas del día.

El caserío de Nambija permanece tranquilo. Desde hace días que nada extraño y macabro ocurre. Luego de los tres funerales preparados ya nada fuera de lo común aconteció. Luego pasaron las semanas y meses… nada. Aquello parece que los había abandonado, al fin.

Muertes violentas, extrañas manifestaciones, luces en el cielo y sobre las minas. Fenómenos que dejaron de avistarse en aquel pequeño poblado. Los rastros de sangre dejaron de observarse en las empedradas callejuelas del caserío. Lo que haya sido lo que les visitó, tal parece que decidió marcharse, tan extrañamente como había llegado. Pero… aquellas muertes jamás fueron olvidadas; los niños nunca más fueron los mismos; tenían miedo a salir a jugar, miedo a la noche, miedo a caminar tan solo. Algunas madres del sector llegaron a decir que sus hijos continuaban actuando raros los posteriores días. Sueños y pesadillas sofocantes y aterradoras despertaban a los infantes a media noche o a la madrugada. Los pequeñuelos proferían gritos de dolor en cada sueño, como si un grave daño les estuviera siendo causado por “alguien” o “algo”; sueños que los niños jamás contaron con detalle, tal vez por miedo, lógico.